lunes, 31 de mayo de 2010

Caperucita y el lobo machista


Recientemente Bibiana Aído, la ministra de Igualdad, ha hablado de la necesidad de revisar los cuentos clásicos para eliminar de ellos cualquier sesgo machista, sexista o racista ya que los niños van adquiriendo e interiorizando los modelos de conducta y roles asignados a cada sexo que son transmitidos por estos relatos y que reproducen los estereotipos tradicionales, sin dar cabida a las actuales realidades socio-culturales propias de nuestro nuevo siglo.

El escritor Arturo Pérez-Reverte ha reescrito, con su mordacidad habitual, el cuento de Caperucita roja, que se publicaba ayer en el suplemento XL Semanal. Aquí tenéis un extracto de su artículo dominical de opinión.

"Caperucita Roja camina por el bosque, como suele. Va muy contenta, dando saltitos con su cesta al brazo, porque, gracias a que está en paro y es mujer, emigrante rumana sin papeles, magrebí pero tirando a afroamericana de color, musulmana con hiyab, lesbiana y madre soltera, acaban de concederle plaza en un colegio a su hijo. Va a casa de su abuelita, que vive sola desde que su marido, el abuelito, le dio una colleja a Caperucita porque no se bebía el colacao, ésta lo denunció por maltrato infantil, y la Guardia Civil se llevó al viejo al penal de El Puerto de Santa María, donde en espera de juicio paga su culpa sodomizado en las duchas, un día sí y otro no, por robustos albanokosovares. Que también tienen sus necesidades y sus derechos, córcholis. El caso es que Caperucita va por el bosque, como digo, y en éstas aparece el lobo: hirsuto, sobrado, chulo, con una sonrisa machista que le descubre los colmillos superiores. Facha que te rilas: peinado hacia atrás con fijador reluciente y una pegatina de la bandera franquista, la de la gallina, en la correa del reloj. Y le pregunta: «¿Dónde vas, Caperucita?». A lo que ella responde, muy desenvuelta: «Donde me sale del mapa del clítoris», y sigue su camino, impasible. «Vaya corte», comenta el lobo, boquiabierto. Luego decide vengarse y corre a la casa de la abuelita, donde ejerce sobre la anciana una intolerable violencia doméstica de género y génera. O sea, que se la zampa, o deglute. Y encima se fuma un pitillo. El fascista. Cuando llega Caperucita se lo encuentra metido en la cama, con la cofia puesta. «Qué sistema dental tan desproporcionado tienes, yaya», le dice. «Qué apéndice nasal tan fuera de lo común.» Etcétera. Entonces el lobo le da las suyas y las de un bombero: la deglute también, y se echa a dormir la siesta. Llegan en ésas un cazador y una cazadora, y cuando el cazador va a pegarle al lobo un plomazo de postas del doce, la cazadora contiene a su compañero. «No irás a ejercer la violencia –dice– contra un animal de la biosfera azul. Y además, con plomo contaminante y antiecológico. Es mejor afearle su conducta.» Se la afean, incluido lo de fumar. Malandrín, etcétera. Entonces el lobo, conmovido, ve la luz, se abre la cremallera que, como es sabido, todos los lobos llevan en la tripa, y libera a Caperucita y a su provecta. Todos ríen y se abrazan, felices. Incluido el lobo, que deja el tabaco, se hace antitaurino y funda la oenegé Lobos y Lobas sin Fronteras, subvencionada por el Instituto de la Mujer. Fin".

2 comentarios:

Carlota Bloom dijo...

No había leído el cuento de Pérez Reverte, y es buenísimo. Creo que estamos perdiendo el norte...Un abrazo.

Virgini dijo...

A mí esta versión me parece genial, Carlota. Y la verdad es que con tanta corrección política se nos ha ido la olla hace ya mucho tiempo porque una cosa es conseguir la igualdad entre sexos en todos los ámbitos, y otra muy distinta satanizar los cuentos populares con los que hemos crecido todos los críos. No creo que por revisar estas narraciones se consigan eliminar ni el machismo ni el racismo y sí mediante la educación. Como profesores nos corresponde desempeñar un papel activo en este terreno.

Gracias por tu comentario y un abrazo.